¿Más listo que un gato? ¿Más hábil que un perro? Una historia de cerebros, bigotes y expectativas humanas

Es una de esas preguntas que cruzan las eras y los parques: ¿Quién es más inteligente, el perro o el gato? En otras palabras: ¿el que mueve la cola o el que te ignora?
Los dueños de mascotas se dividen en dos tribus tan enfrentadas como nobles: los devotos del perro, dispuestos a jurar que su labrador entiende el concepto de la amistad; y los adoradores del gato, convencidos de que su minino tiene una vida interior tan rica como la de un poeta en crisis. Ambos grupos comparten una certeza: mi animal es más inteligente que el tuyo. Pero, ¿y si la pregunta estuviera mal planteada desde el inicio?
Medir la inteligencia: esa obsesión tan humana
Alexandra Horowitz, investigadora de cognición canina, lo plantea sin rodeos: comparar la inteligencia de perros y gatos es como comparar cucharas con tenedores. O, mejor aún, como preguntar si es más útil un martillo que un destornillador —como diría Brian Hare, antropólogo evolutivo de Duke—. Todo depende del clavo que uno quiera hundir… o del tornillo que quiera girar.
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Porque mientras los humanos buscan jerarquías mentales como quien mide notas en un examen, los animales viven, simplemente, haciendo lo que hacen mejor. Los perros descifran emociones humanas con una sensibilidad pasmosa. Los gatos... bueno, los gatos saben cuándo ignorarte estratégicamente para que te duela más. Y eso también requiere un tipo de inteligencia, ¿no?
El gato que ignora, el perro que ruega
Una de las antítesis más fascinantes entre ambos animales radica en su forma de relacionarse con nosotros. Perros y gatos pueden detectar comida escondida usando pistas humanas. Pero mientras el perro pide, señala, gime y pone carita, el gato simplemente se va. Lo que algunos llaman falta de atención es, quizás, un brillante acto de dignidad.
Kristyn Vitale, especialista en comportamiento felino, ha dedicado su carrera a desmentir la vieja imagen del gato arisco. Según sus estudios, los gatos pueden reconocer su nombre, prefieren la interacción humana al alimento (aunque lo duden al verlos) y responden positivamente a la atención... si les da la gana.
Y sí, eso también es inteligencia social, aunque no venga envuelta en saltos y lametazos.
Tamaño del cerebro: ¿importa o no importa?
Hay quien todavía confía en el viejo argumento del tamaño cerebral. Bajo ese criterio, los perros ganarían. Tienen más neuronas corticales, más masa encefálica, y según algunos experimentos, mayor autocontrol. En un test que emulaba la famosa prueba del malvavisco —sí, esa en la que a un niño se le ofrece un dulce si espera en lugar de comérselo enseguida—, los animales con cerebros más grandes mostraron más autocontrol.
Pero, oh tragedia científica: los gatos no participaron en el estudio. ¿Coincidencia? ¿Conspiración perruna? ¿O simple dificultad para hacer que un gato participe voluntariamente en algo que no le interesa?
Otro punto crucial —y terriblemente subestimado— es cómo tratamos a nuestras mascotas. Los perros, en general, reciben entrenamiento, socialización, paseos, premios. Los gatos, en cambio, suelen vivir en un universo más doméstico y solitario. Entonces, ¿es justo comparar su desempeño en pruebas cognitivas cuando su contexto vital es tan distinto?
Es como hacer competir a un pianista con un leñador en una prueba de velocidad de martillazos: ambos son hábiles, pero en mundos distintos.
Entonces… ¿quién gana?
Nadie. O mejor dicho: ambos. O aún mejor: tú, querido lector, que tienes la suerte de convivir con una criatura que, con independencia de su número de neuronas, ha aprendido a quererte —o a tolerarte con afecto— en este extraño experimento inter-especies llamado domesticación.
Porque al final, más que resolver una rivalidad artificial, lo que importa es aprender a admirar las distintas formas que adopta la inteligencia. Algunos cerebros cazan pelotas. Otros cazan ratones. Y unos pocos, simplemente, cazan tu atención desde el alféizar de la ventana.
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