¿Nos está volviendo tontos la inteligencia artificial? Un estudio en MIT y una ironía bastante humana

Un experimento en MIT revela cómo delegar nuestras ideas en ChatGPT puede atrofiar el pensamiento… si no aprendemos a usarlo con cabeza.
La inteligencia artificial nos vuelve más tontos

Desde que ChatGPT entró en escena como una especie de oráculo digital —aunque con menos incienso y más algoritmos—, la humanidad ha oscilado entre la fascinación tecnófila y el pánico moral. ¿Estamos ante una nueva era de aprendizaje personalizado, o simplemente permitiendo que una máquina escriba nuestros deberes mientras nosotros nos distraemos viendo videos de gatos? La gran pregunta sigue flotando en el aire como una sospecha mal disimulada: ¿usar IA deteriora nuestra inteligencia real?

El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que suele tomarse estas preguntas muy en serio (y con bastante financiación), decidió investigarlo. Y lo que encontró fue, por decirlo sin rodeos, inquietante. Según su estudio, delegar la escritura en ChatGPT puede llevar a lo que denominaron "deuda cognitiva", una especie de hipoteca mental que se va acumulando cada vez que dejamos de ejercitar el cerebro y optamos por tercerizar el pensamiento.

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Un experimento entre cerebros, buscadores y bots

Durante cuatro meses, 54 adultos fueron invitados a escribir ensayos. Algunos con ayuda de ChatGPT, otros usando un motor de búsqueda —ese comodín que usamos cuando queremos parecer que investigamos— y un tercer grupo enfrentó la temida hoja en blanco solo con su propio intelecto.

¿El resultado? Los usuarios de IA mostraron una actividad cerebral significativamente más baja. Escribieron menos comprometidos, recordaron menos lo que habían escrito y, algo muy revelador, sentían menos propiedad sobre sus textos. Como si sus ideas les hubieran sido prestadas por una mente ajena. Spoiler: lo fueron.

En la fase final del experimento, los grupos cambiaron de rol. Y cuando los que habían usado IA intentaron pensar "a pelo", lo hicieron con menos chispa que una linterna sin pilas. La deuda cognitiva no solo era real, sino visible: el cerebro, como el músculo, se atrofia con la inactividad.

Pero, y aquí viene la ironía: los autores del estudio también admiten que los resultados son preliminares. Solo 18 personas llegaron hasta el final. Es decir, el estudio que nos advierte del deterioro mental al delegar en la IA, también nos recuerda —aunque no quiera— que la ciencia necesita más que buenas hipótesis y gráficos de ondas cerebrales para tener la última palabra.

¿Realmente la IA nos vuelve más tontos?

Hay quien diría que esto es una conclusión apresurada. Tal vez el grupo que escribió sin IA simplemente mejoró con la repetición. Y cuando el otro grupo tuvo que pensar por sí mismo, era la primera vez que enfrentaban esa tarea sin ayuda, por lo que no estaban tan entrenados.

Lo que parece claro es que la IA no embrutece por sí sola. Lo que embrutece es el uso pasivo, acrítico, automático. Como si un chef usara una Thermomix para hacer ramen instantáneo. El problema no es la herramienta, sino la pereza con la que se la usa.

¿El regreso de la calculadora?

La historia se repite, pero con mejores interfaces. En los años 70, las calculadoras provocaron un pánico similar. ¿Quién iba a molestarse en aprender a dividir si ya había un botón que lo hacía? La respuesta fue elevar el nivel de los exámenes. De pronto, lo importante no era cuánto tardabas en hacer una raíz cuadrada, sino si sabías para qué servía.

Con la IA estamos aún en pañales: muchos profesores siguen pidiendo ensayos como en 2015, esperando que el estudiante "realmente" haya reflexionado. ¿Pero quién necesita reflexionar si puede pedirle al modelo de turno que lo haga por él y entregar algo que suene, al menos, como si lo hubiera hecho?

La moraleja es clara. Si usamos la IA para repetir tareas mecánicas, nos volveremos consumidores perezosos de ideas ajenas. Pero si la usamos para expandir el campo de lo posible —como diseñar una clase, armar una hipótesis pedagógica o repensar un dilema ético—, puede ser una aliada formidable. No una muleta, sino una prótesis creativa.

La nueva alfabetización

La inteligencia, hoy, no es la capacidad de acumular datos ni de escribir sin errores gramaticales. Es saber qué preguntas hacerle a la máquina, cuándo confiar en su respuesta y cuándo dudar de ella. Es distinguir entre el pensamiento original y el pastiche bien redactado. Es saber, como en un baile complejo, cuándo liderar y cuándo dejarse llevar.

Porque si el cerebro es como un músculo, la IA no debería ser un sofá. Debería ser una barra de pesas. El problema no es la existencia de la inteligencia artificial. El verdadero problema —y aquí está la antítesis que nos delata como especie— es una humanidad que, teniendo más herramientas que nunca, se aferra con nostalgia a sus viejas rutinas mentales, como quien usa una supercomputadora para jugar al solitario.

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