El mito del gato domesticado: de presa ritual a dios del hogar

Antes de dormir en tu sofá, los gatos fueron dioses en Egipto, presas en Europa y posiblemente, felinos libres mucho más tiempo del que imaginábamos.
El mito del gato domesticado

Durante siglos, nos han contado que los gatos —esos aristócratas de la indiferencia— se domesticaron hace más de 10.000 años, cuando los humanos dejaron de corretear detrás de ciervos y empezaron a cultivar trigo. Que se acercaron por los ratones, se quedaron por la comida fácil y, de alguna forma, terminaron acurrucados en nuestras camas. Una historia tan limpia y ordenada como un gato después de un baño de lengua. Demasiado limpia, quizás.

Hoy, dos estudios recientes vienen a desordenar la caja de arena de esa narrativa.

Según nuevas investigaciones genéticas, esos supuestos "primeros gatos domésticos" que rondaban Anatolia y Europa hace milenios no eran, en realidad, nuestros actuales mininos de sofá. Eran otros: gatos salvajes europeos, híbridos espontáneos que vivían cerca de los humanos... pero no por cariño. Más por conveniencia. O porque terminaron convertidos en abrigo. O en cena.

“La mayoría de esos gatos eran carne, cuero o símbolo,” explica Marco De Martino, paleogenetista de la Universidad de Roma Tor Vergata. Nada de ronroneos. Más bien, rituales y cuchillos. Y eso, si corrían con suerte.

Entonces, ¿dónde empieza la verdadera historia del gato domesticado?

La respuesta, con su encanto de esfinge, parece apuntar hacia el norte de África. No es tan raro: ya sabíamos que todos los gatos domésticos descienden del Felis lybica, un felino africano de orejas finas y mirada de desprecio eterno. Lo que estos nuevos datos añaden es que los parientes más cercanos genéticamente a nuestros gatos actuales no vivían en Anatolia, sino en lo que hoy es Túnez.

Y en medio de todo este mapa genético surge Egipto. Porque si hubo un pueblo que no solo toleró a los gatos, sino que los elevó a la categoría de lo sagrado, fue el de los faraones. Allí no eran simples cazadores de ratones: eran encarnaciones vivientes de Bastet, diosa de la fertilidad, protectora del hogar y del equilibrio. Los gatos fueron pintados en templos, momificados en masa y, según algunos indicios, incluso criados como parte de cultos religiosos. Sí: puede que la domesticación no empezara en una granja, sino en un altar.

Y como todo lo divino termina exportándose, los gatos egipcios empezaron a viajar. Comerciantes, soldados romanos, marineros griegos… todos querían llevar un poco de ese misterio elegante en sus barcos. Así llegaron a Europa, primero en la Edad de Hierro, luego en oleadas más intensas durante la expansión imperial.

Eso sí, la gran incógnita persiste: aún no tenemos datos genéticos de momias de gatos egipcios. Así que, por ahora, el “hipótesis Egipto” se sostiene sobre columnas de papiro: iconografía, momificación y una enorme sospecha. Si alguna vez logramos secuenciar esos restos felinos, podríamos confirmar lo que las estatuas y los mitos ya gritaban hace siglos.

Pero mientras tanto, cada vez que tu gato te mira con superioridad desde lo alto del refrigerador, piensa en esto: no siempre fueron domesticados. Y puede que, en el fondo, aún no lo estén. Tal vez, como los dioses antiguos, solo nos toleran. Porque les servimos bien.

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