La receta más antigua del mundo: ¿qué cocinaban hace casi 4.000 años?

Sabores de hace 4.000 años: descifrando las recetas babilónicas más antiguas de la historia.
La receta más antigua del mundo

Hoy vivimos rodeados de recetas. Las hay en libros con fotos brillantes, en blogs de cocina llenos de anécdotas personales y en videos donde unas manos perfectas cortan cebollas al ritmo de una música lo-fi. Pero la cocina, como todo arte humano, no empezó con tutoriales ni con cucharas medidoras. Empezó con hambre, fuego... y mucha intuición.

Nuestros antepasados también cocinaban. Y aunque no nos dejaron una cuenta de Instagram con sus platos más exitosos, sí nos legaron algo mucho más duradero: huellas en ollas de barro, panes fosilizados y, muy de vez en cuando, unas tablillas de arcilla que escondían secretos culinarios que tardaríamos milenios en descifrar.

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¿Cuál es, entonces, la receta más antigua que conocemos?

La respuesta nos lleva directamente al corazón de una de las civilizaciones más antiguas: la Mesopotamia de hace casi 4.000 años, lo que hoy es el sur de Irak. Allí, entre templos, ganado y registros contables en cuneiforme, alguien decidió anotar cómo preparar un buen estofado.

Eso sí: no esperes una receta al estilo “añadir dos cucharaditas de sal y cocinar a fuego lento”. En el mundo antiguo, las recetas no se medían en tazas ni se explicaban paso a paso. Eran más bien apuntes prácticos, garabateados por cocineros anónimos para sí mismos o para sus aprendices. De hecho, durante mucho tiempo, los arqueólogos ni siquiera supieron qué estaban leyendo.

En 1909, cuatro tablillas babilónicas de arcilla llegaron a Yale. Medían más o menos lo que un iPad mini (pero mucho más pesadas y bastante menos intuitivas). Durante décadas se pensó que contenían recetas medicinales o fórmulas alquímicas. Hasta que en 1945, la académica Mary Hussey lanzó una hipótesis: ¿y si fueran recetas de cocina?

La idea sonó ridícula para muchos de sus colegas. ¿Recetas? ¿En tablillas? ¿De barro? Imposible. La cocina, decían, era una tradición oral, transmitida entre generaciones de mujeres, un conocimiento invisible, doméstico, sin tinta ni firma. Como si lo que no se escribe no contara.

Décadas más tarde, el arqueólogo Jean Bottéro confirmó que sí, que eran recetas. Aunque fue un aguafiestas: aseguró que la comida descrita era poco menos que incomible. Por suerte, el tiempo —y el apetito— le quitaron la razón.

Entre caldos, aves cantoras y roedores guisados

caldos, aves cantoras y roedores guisados

En los últimos años, un equipo de investigadores de Harvard y Yale, liderado por el asiriólogo Gojko Barjamovic, decidió darle una segunda oportunidad al menú babilónico. Descifraron lo que quedaba de las tablillas —muchas estaban dañadas— y, con un poco de intuición y mucho rigor, intentaron recrear los platos.

¿Qué encontraron? Caldos, estofados, una especie de pastel relleno de pájaros cantores, trigo verde, y algún que otro mamífero pequeño cocinado (que, mejor dicho, omitiremos del menú moderno). En total, más de 25 recetas que, sorprendentemente, se parecen bastante a la cocina iraquí actual. Cordero, cilantro, ajo, cebolla… y también sangre. Mucha sangre.

Una de las recetas dice, sin rodeos:

"Se usa carne. Se prepara agua. Se añade sal fina, panecillos de cebada seca, cebolla, chalota persa y leche. Se trituran y añaden puerros y ajo."

Breve, ambigua, y sin tiempos de cocción. Casi como una lista mental que uno repite en la cocina sin mirar el reloj.

Una isla perdida de sabores

Estas tablillas son las recetas escritas más antiguas que existen. Y lo más curioso es que, después de ellas, hay un silencio largo. No aparecen otras por siglos. Como si ese fragmento del tiempo —1730 a.C.— fuera una isla gastronómica perdida en el océano de la historia.

Barjamovic lo resume bien: “Representan una pequeña isla de conocimiento culinario, en un lugar y tiempo muy específicos.”

Y es que estudiar estas recetas no es solo un acto de arqueología, sino también de empatía. Como dice la investigadora Farrell Monaco, nos ayuda a conectar con la humanidad de quienes vivieron antes. Porque sí, tenían guerras, dioses y esclavitud, pero también les gustaba el ajo bien machacado, los caldos espesos y el pan caliente.

Hay algo profundamente hermoso en imaginar a alguien, hace cuatro mil años, saboreando el mismo cordero con cilantro que podríamos comer hoy. Una línea invisible de gusto y memoria que une su mundo con el nuestro. Y que, en el fondo, nos recuerda que la historia no solo se escribe con espadas y leyes, sino también con cebollas, leche y un buen fuego encendido.

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