¿Por qué no recordamos cuando éramos bebés? Una amnesia muy natural

Todos fuimos bebés. Eso es un hecho. Lo sorprendente es que, a pesar de haber sido protagonistas de esas escenas domésticas con biberones y primeras palabras, nadie —ni el más melancólico de los poetas— puede recordar el momento exacto en que aprendió a caminar, o cómo sonaba la voz de su madre al cantarle por primera vez. Nuestro primer acto de olvido ocurre, paradójicamente, antes de que podamos llamarlo así. Bienvenidos al curioso fenómeno de la amnesia infantil.
¿Memoria sin recuerdos?
Antes de enredarnos en la paradoja de recordar que no recordamos, conviene aclarar que no todas las memorias son iguales. Existen, por decirlo pronto, memorias de “saber” y memorias de “vivir”. Las primeras —memorias semánticas— nos permiten saber que el sol sale por el este o que “perro” se dice dog en inglés. Las segundas —memorias episódicas— son las que nos permiten revivir cumpleaños, olores, momentos: no saber que ocurrió, sino sentir que ocurrió.
Y aquí viene el nudo gordiano: los niños pequeños sí acumulan conocimiento. Saben quién es mamá, que si lloran lo suficiente aparece una galleta, que el gato no es tan amigable como parece. Pero eso es semántico. Las memorias con banda sonora, contexto y emoción —las episódicas— tardan en consolidarse. Porque su guardián neurológico, el hipocampo, es aún un aprendiz.
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Un archivo que aún no sabe archivar
Según la psicóloga Nora Newcombe, el hipocampo —ese archivista cerebral encargado de ordenar nuestras experiencias— empieza a funcionar de manera más sólida entre los 2 y 4 años. Antes de eso, registra, sí… pero lo hace como quien anota cosas en servilletas que luego se pierden en la lavadora.
Newcombe sugiere incluso que el olvido es evolutivamente útil. En los primeros años, dice, lo prioritario es construir un mapa del mundo, entender reglas básicas de supervivencia social. Recordar anécdotas es secundario. ¿Para qué guardar la imagen del peluche azul si aún no entendemos lo que significa tener un peluche?
¿Y si la memoria está ahí, pero dormida?
Sin embargo, como en toda buena historia científica, hay un giro inesperado. Un estudio publicado en Science en 2025 descubrió que incluso bebés de 4 meses muestran actividad en su hipocampo al ver imágenes familiares. Sus cerebros, como linternas curiosas, se iluminaban más cuando una imagen conocida reaparecía. No solo reconocían… recordaban. Lo que no pueden hacer es narrarlo.
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Esto sugiere una antítesis inquietante: no es que no tengamos memorias, es que no sabemos cómo encontrarlas. Como si nuestras primeras vivencias fueran libros escritos en un idioma que luego olvidamos.
Ratones, luces y recuerdos perdidos

La cosa se pone aún más intrigante si entramos en el laboratorio con ratones. En un experimento de 2023, investigadores lograron recuperar memorias “olvidadas” de la infancia de ratones adultos activando con luz ciertas rutas neuronales. Como si esas vivencias no se hubieran perdido, sino que hubieran quedado atrapadas tras una puerta cerrada.
Y aquí aparece otra paradoja: los ratones con rasgos de autismo —un estado asociado a diferencias en el cableado cerebral— sí conservaban recuerdos infantiles. ¿Por qué? Porque su sistema inmunológico materno fue estimulado durante la gestación, alterando el desarrollo de ciertas células cerebrales. En otras palabras, la capacidad de olvidar también se puede apagar.
El investigador Tomás Ryan lo explica como un “interruptor natural del olvido”, una especie de mecanismo de limpieza que elimina lo innecesario para dejar espacio a lo esencial. Pero si ese interruptor se desactiva —por biología, por entorno, por azar— la infancia podría convertirse en una especie de eterno regreso.
La infancia como país extranjero
Todo esto nos lleva a una conclusión tan poética como científica: la infancia es un país que todos habitamos, pero del cual nadie recuerda el idioma. Sus paisajes están ahí, enterrados bajo capas de lenguaje, madurez y olvido. Y, tal vez, un día descubramos la llave para volver a ellos. Pero por ahora, lo más cerca que estamos de nuestras primeras memorias no son los recuerdos, sino las historias que nos cuentan otros: esa foto borrosa, esa anécdota repetida, ese abrazo que —aunque no lo recordemos— nos enseñó el peso exacto del amor.
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