¿Y si los humanos pudieran volar? Así serían nuestras alas

Alas humanas: la ciencia detrás del vuelo (y por qué necesitaríamos brazos de murciélago para lograrlo)
Y si los humanos pudieran volar

La humanidad ha conquistado el cielo con aviones, drones y sueños. Pero, ¿y si lo hiciéramos con alas propias? No una metáfora de libertad, sino alas reales, de carne, hueso y membrana. ¿Cuán grandes tendrían que ser para levantarnos del suelo?

Según Ty Hedrick, biólogo de la Universidad de Carolina del Norte, una persona promedio —70 kilos, 1.70 metros— necesitaría un par de alas de unos 6 metros (20 pies) de envergadura para poder volar. Sí, seis metros, casi el tamaño de una limusina o un albatros con ambiciones de culturista.

Pero aquí viene lo interesante: no basta con añadir alas al cuerpo humano como si fueran una mochila de cosplay angelical. Para volar de verdad, habría que reconfigurar nuestro diseño anatómico de manera drástica.

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¿Alas de ángel o de murciélago?

Michael Habib, paleobiólogo del Museo de Historia Natural del condado de Los Ángeles, plantea una opción más plausible que el clásico look con plumas: alas como las de un murciélago. En lugar de salir de una escápula adicional con musculatura imposible, estas alas usarían todo el brazo y la mano extendidos, cubiertos por una membrana carnosa. Una solución más coherente… y más inquietante visualmente.

Por supuesto, eso implicaría también músculos de vuelo al estilo ave o murciélago, con un pecho prominente y una espalda de fisicoculturista. En aves, hasta el 30 % de la masa muscular está dedicada al vuelo. En humanos voladores, olvídate del “six-pack”: necesitaríamos un “mega-pecho”.

persona con alas de pajaro

¿Qué tipo de vuelo tendríamos?

Habib recuerda que no todas las criaturas vuelan igual. Están los que baten alas como colibríes, los que planean como las águilas, los que se lanzan al vacío como ardillas voladoras. Dada nuestra masa corporal relativamente alta, lo más probable es que los humanos voladores se especializaran en el planeo y el vuelo de largo alcance, como los albatros.

La imagen que surge es la de un ser humano despegando desde lo alto de un acantilado, con brazos extendidos y alas murciélagosas desplegadas, buscando térmicas como un cóndor elegante… o un Batman sin gadgets.

El problema del despegue

Aquí la física es despiadada. No podríamos despegar simplemente batiendo las alas desde el suelo. Nuestras proporciones no lo permitirían. En lugar de eso, tendríamos que usar una técnica similar a la de los pterosaurios o ciertos murciélagos modernos: un despegue cuadrúpedo, es decir, lanzarse al aire usando brazos y piernas al mismo tiempo, como si estuviéramos haciendo un salto con impulso animal.

¿Digno? No tanto. ¿Efectivo? Más que batir los brazos desesperadamente en medio del parque.

Entonces… ¿podríamos volar?

En teoría, sí. En la práctica, no sin una reforma completa de nuestra biología. Habría que reducir peso, rediseñar huesos (¿huecos como en las aves?), reubicar músculos, alterar la estructura torácica y aprender a lanzarnos al aire como un murciélago olímpico.

Y todo eso sin contar las mutaciones, la evolución y unos cuantos millones de años de ensayo y error.

Pero la ciencia deja claro que, si algún día viéramos a un humano volador surcar los cielos, no parecería un ángel renacentista, sino una criatura impresionante, eficiente, y un poco perturbadora, como salida de una película de Guillermo del Toro con asesoría de Darwin.

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