¿Estamos viviendo la sexta extinción masiva?

La vida en la Tierra enfrenta una amenaza silenciosa y constante: especies desaparecen a un ritmo sin precedentes. ¿Será esta vez la humanidad el asteroide?
Estamos viviendo la sexta extinción masiva

Una roca del tamaño de Manhattan cayó del cielo hace 66 millones de años y convirtió a los dinosaurios en polvo cósmico. Fue una despedida tan abrupta como dramática: tres cuartas partes de las especies vivas borradas del mapa. Una colisión, un infierno de fuego y ceniza, y el capítulo más largo de la historia evolutiva cerró de golpe. No fue la primera vez que la vida recibió semejante golpe. Tampoco, quizás, la última.

A lo largo de los últimos 500 millones de años, la Tierra ha presenciado cinco extinciones masivas. Volcanes furiosos, climas desquiciados, atmósferas asfixiantes: cada episodio dejó un paisaje biológico reducido a escombros. Cada uno eliminó al menos el 75 % de las especies vivas. Pero ahora, en la era de los satélites, los plásticos y los selfies, muchos científicos sugieren que podríamos estar protagonizando una sexta gran pérdida. Y no, esta vez no podemos culpar a un asteroide. Somos nosotros.

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Un verdugo con pulgares oponibles

A diferencia de la violencia súbita de un impacto extraterrestre, esta extinción avanza como una gota que horada la piedra: sigilosa, persistente, humana. Caza indiscriminada, deforestación voraz, urbanización desbordada y especies invasoras sembradas como souvenirs de conquista. Y como telón de fondo, el cambio climático, ese horno invisible que cocina los ecosistemas a fuego lento.

La desaparición de especies no es, en sí misma, anómala. Forma parte del guion evolutivo: nacen nuevas criaturas, otras se extinguen. Pero cuando la tasa de pérdidas supera con creces la de nacimientos, el equilibrio se rompe. Y ahí estamos ahora.

Según un influyente estudio de 2015, estamos perdiendo especies hasta 100 veces más rápido que lo que sería esperable en condiciones “naturales”. Otro informe más severo habla de tasas 1.000 veces mayores, y vaticina una aceleración de hasta 10.000 veces en el futuro cercano.

Sí, las cifras varían. Estimar cuántas especies desaparecen es casi tan difícil como contar estrellas fugaces desde una ciudad. El registro fósil es incompleto, las evaluaciones actuales están sesgadas hacia vertebrados simpáticos y zonas ricas, y algunas especies “extintas” reaparecen como fantasmas biológicos. Pero aun con esos matices, el patrón es claro: la biodiversidad se está desplomando.

¿Ya cruzamos el umbral?

Aquí viene la trampa semántica: para hablar de extinción masiva, se suele exigir la desaparición del 75 % de las especies. Un listón altísimo, que ni siquiera la tragedia actual ha alcanzado (aún). Solo unas 1.000 especies han sido oficialmente declaradas extintas por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) en los últimos 500 años. Apenas el 0,1 % de lo que conocemos.

Pero hay quienes sostienen que mirar solo ese dato es como juzgar un incendio por la cantidad de cenizas recogidas. Un estudio sobre moluscos —sí, esos humildes testigos de la evolución— sugiere que ya habría desaparecido un 10 % del total de especies. Y si seguimos al ritmo actual, podríamos llegar al fatídico 75 % en solo 500 años. Geológicamente hablando, un suspiro.

Los científicos más cautos, como el ecólogo John Wiens, insisten en que aún no hay pruebas concluyentes de que estemos en una sexta extinción masiva. Otros, como Gerardo Ceballos, alertan que no necesitamos llegar al 75 % para hablar de catástrofe. Entre la negación y la alarma, se abre un terreno sombrío: el de las especies zombis, o como se les llama en términos técnicos, “deuda de extinción”. Organismos cuya existencia es estadísticamente inviable, pero que aún respiran. Una especie de vida en cuenta regresiva.

Esperanza, ese fósil improbable

El panorama no es alentador, pero tampoco está sellado. Algunas historias de resurrección —como las ballenas jorobadas o los elefantes africanos— nos recuerdan que la extinción no es un destino, sino una posibilidad. Como advierte Stuart Pimm, exagerar el apocalipsis puede llevar a la inacción: si todo está perdido, ¿para qué actuar?

La paradoja es cruel: si esperamos a tener la certeza de una extinción masiva, será porque ya ocurrió. La ciencia paleontológica no tiene bola de cristal; solo puede certificar funerales, no evitarlos. Pero en esa incertidumbre habita una forma de resistencia. La posibilidad de cambiar el desenlace.

Sarah Otto lo resume con inquietante claridad: muchas especies aún viven, pero solo en apariencia. Son como castillos de arena tras la marea, hermosos pero condenados si no actuamos. La biodiversidad no desaparece en bloque, sino a trozos. Y cada pérdida suma.

La sexta extinción no está en los libros de historia, sino en los titulares del mañana. Su veracidad dependerá de nosotros. Podemos ser los cronistas de su detención o los arqueólogos de su fracaso.

Por ahora, el veredicto sigue en suspenso. Y quizás esa sea nuestra última y más frágil ventaja.

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