Los Rollos del Mar Muerto, la inteligencia artificial y el espejismo de la certeza

En el polvoriento escenario del desierto de Judea, donde el tiempo se ha fosilizado en cuevas y fragmentos de piel curtida, los Rollos del Mar Muerto han guardado durante siglos una mezcla prodigiosa de fe, política y caligrafía ancestral. Ahora, una inteligencia artificial llamada Enoch —nombre que evoca un patriarca bíblico desaparecido en el misterio— irrumpe en escena con la promesa, o la pretensión, de reescribir su cronología. Como si a través del silicio y los algoritmos se pudiera descifrar la tinta del alma antigua.
Según un estudio reciente publicado en PLOS One, Enoch ha analizado patrones de escritura en 135 manuscritos y ha concluido que muchos de ellos son más antiguos de lo que se creía. Una noticia que, a primera vista, parece sacudir los cimientos de la historia bíblica. Pero, como suele ocurrir con las revelaciones espectaculares, conviene mirar de nuevo. Y con lupa.
Porque aquí se confrontan dos fuerzas antitéticas: por un lado, la promesa futurista de la máquina que todo lo ve; por otro, la terquedad de la tradición académica, esa disciplina paciente que mide los siglos con la lupa del escéptico. Lo que Enoch ofrece no es una verdad absoluta, sino una nueva capa de probabilidad. Una capa, eso sí, más pulida y menos contaminada —literalmente: los científicos incluso se tomaron el trabajo de limpiar los rollos del aceite de ricino que algún entusiasta del siglo XX les había embadurnado en un intento torpe de embellecer lo ya inestimable.
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Sin embargo, aunque Enoch acierta el 79% de las veces con las estimaciones previas, el otro 21% se convierte en un campo minado de incertidumbre. Algunos textos podrían ser hasta un siglo más jóvenes de lo que pensábamos. Otros, más antiguos. Y un puñado, simplemente imposibles de fechar con precisión. Como si los manuscritos, al igual que ciertos ancianos de mirada burlona, se resistieran a que les preguntemos la edad.
Uno de los casos más intrigantes es el del rollo 4Q114, que relata parte del libro de Daniel y fue vinculado al período de la revuelta de los Macabeos. Enoch lo fechó entre 230 y 160 a.C., validando las sospechas de los eruditos humanos. Pero incluso en su momento más brillante, la IA no puede evitar tropezar con el juicio de los paleógrafos, quienes —como Christopher Rollston— responden con una mezcla de interés y ceja levantada. "No es para tanto", vienen a decir. O, en palabras más académicas, nihil novi sub sole.
La verdadera ironía aquí —una digna de incluir en las notas al pie de la historia— es que una herramienta tan moderna como Enoch termine confirmando teorías establecidas hace más de medio siglo por investigadores como Frank Moore Cross, cuya lupa era más poderosa que cualquier red neuronal. Tal vez la tecnología no haya llegado para sustituir al experto, sino para ofrecerle un segundo par de ojos. Menos fatigables, sí, pero también menos sensibles a los matices de lo humano.
Porque aunque la máquina pueda detectar patrones, no siente la duda. No conoce el temblor de la mano que escribió bajo amenaza romana, ni la desesperación del escriba que copiaba salmos sabiendo que quizás el templo ardía a lo lejos. Y ahí está la paradoja: cuanto más avanza la IA, más evidente se hace que la historia no se puede reducir a una estadística. Es un arte humano, imperfecto, y por eso mismo profundamente verdadero.
Así que celebremos los avances de Enoch, sí, pero sin arrodillarnos ante él. La máquina puede ayudar a fechar un manuscrito. Pero solo el ojo humano puede leer entre líneas el murmullo del pasado.
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