La peste ha vuelto. ¿Deberíamos preocuparnos?

De la Edad Media a la era del turismo médico: por qué los virus del pasado están encontrando nuevas formas de instalarse en nuestro presente.
La peste ha vuelto

No, no es un titular sensacionalista salido de un periódico del siglo XIV ni el teaser de la última serie apocalíptica de moda. Es noticia real: una persona murió en Arizona a causa de la peste neumónica. Sí, esa peste. La misma que barrió con media Europa durante la Edad Media, envolviendo ciudades enteras en silencio y superstición.

Pero no es un caso aislado. Mientras tanto, EE.UU. vive su mayor brote de sarampión en 20 años, con más de 1.300 casos confirmados por la CDC. Enfermedades que creíamos sepultadas bajo la lápida de la historia médica están volviendo a asomar la cabeza como fantasmas testarudos. ¿Qué tan normal es este retorno de enfermedades del pasado? ¿Y qué tan cerca estamos de repetir la historia que juramos no repetir?

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¿Desaparecen realmente las enfermedades infecciosas?

No. Como esas visitas incómodas que uno cree haber espantado, pero que regresan cuando menos se las espera, muchas enfermedades nunca se van del todo. Simplemente se esconden, se adormecen en rincones del mundo donde la vigilancia médica es más laxa o la infraestructura sanitaria brilla por su ausencia.

Cada año, según el profesor Paul Hunter, experto en medicina de la Universidad de East Anglia, vemos entre una o dos reapariciones importantes a nivel global. Lo curioso es que no suelen ser nuevas, sino viejas conocidas disfrazadas de novedad. El cólera, por ejemplo, puede reaparecer en regiones donde no había causado problemas en décadas. Pero no es que haya regresado: nunca se fue.

¿Podemos erradicar una enfermedad por completo?

Lo logramos con la viruela, ese logro monumental de la medicina moderna. Lo intentamos con la polio, pero esa batalla aún no se gana. La mayoría de las infecciones no se pueden erradicar. Se pueden controlar, acorralar, medicar, pero borrarlas del planeta... eso es otra historia.

La razón es casi poética en su tragedia: muchas enfermedades se transmiten incluso antes de que alguien se sienta enfermo. Es decir, enemigos invisibles que ya están tocando a otros antes de que podamos detectarlos. La pandemia de COVID-19 nos dio una clase magistral sobre este fenómeno.

Y si encima sumamos zonas en conflicto, colapsos ambientales o sistemas de salud precarios, las enfermedades encuentran su caldo de cultivo perfecto.

¿Cómo regresan las enfermedades?

Hay varias vías para este retorno digno de una novela distópica:

  • Evolución del virus: como el caso de la gripe o las variantes del COVID, donde pequeños cambios genéticos pueden convertir un virus común en una amenaza global. Son las llamadas mutaciones de escape, y hacen honor a su nombre.
  • Reservorios animales: algunas enfermedades, como la peste, no necesitan ayuda humana para sobrevivir. Viven tranquilamente en roedores, esperando un descuido ecológico. En EE.UU., hay casos esporádicos entre cazadores o personas que se acercan demasiado a perros de la pradera pensando que son adorables. (Spoiler: no lo son cuando llevan pulgas asesinas).
  • Cambio climático: no solo derrite glaciares. También mueve enfermedades. Hoy, el dengue, antaño exclusivo de los trópicos, ya empieza a visitar Europa, especialmente la costa mediterránea. El calentamiento global no solo trae calor, también trae fiebre.
  • Caída en la vacunación: la paradoja es grotesca. Como ya no vemos ciertas enfermedades, muchos piensan que ya no hay por qué vacunarse. Resultado: el sarampión vuelve a hacer de las suyas. Irónico, ¿no? El éxito de las vacunas lleva a su propia desvalorización.

¿Podría la peste salirse de control otra vez?

Sí... pero no como antes. Aunque el bicho sigue siendo tan peligroso como en la Edad Media, hoy contamos con un lujo que los médicos medievales jamás imaginaron: antibióticos.

Eso sí, si mañana colapsara la sociedad, los antibióticos dejarían de circular, los hospitales cerrarían y los roedores bailarían sobre nuestras ruinas. No es ciencia ficción: eso fue lo que ocurrió en Madagascar hace unas décadas, cuando conflicto y miseria crearon el escenario ideal para un brote masivo de peste.

¿Cuál sería la peor enfermedad que podría resurgir?

El cólera está en la lista negra. Y en lugares como Ucrania o Gaza, donde el conflicto lo enreda todo, una chispa basta para incendiar poblaciones enteras.

El problema no es solo la enfermedad, sino la falta de vacunas. ¿La razón? Durante la pandemia de COVID, la producción mundial de vacunas cambió de prioridad, y el almacén global de dosis contra el cólera hoy está en números rojos.

Pero si hablamos de números fatales, la gripe española de 1918 sigue siendo la campeona del horror. A diferencia del COVID, que golpeó sobre todo a los mayores, aquella gripe ahogaba a los jóvenes en sus propios pulmones. Una muerte lenta y viscosa, como si el cuerpo se convirtiera en su propia trampa de barro.

Viajes, cirugía barata… y gérmenes de regalo

Sí, los aviones son cómodos. También son carabelas modernas del contagio. A veces, lo que uno se trae de vacaciones no es una postal, sino una infección resistente a los antibióticos. Y lo más irónico es que muchas de estas infecciones no son nuevas, pero sí invencibles con los tratamientos actuales.

Y luego está el fenómeno del turismo médico: personas que viajan a otros países por cirugías estéticas más baratas, y que regresan con bacterias mutantes como souvenir involuntario. El precio de un implante puede incluir, sin querer, el colapso de una unidad de cuidados intensivos.

Conclusión: lo que vuelve, nos refleja

Las enfermedades no son solo microorganismos con malas intenciones. Son también síntomas de nuestras propias grietas: de la desigualdad, del descuido ecológico, de la arrogancia tecnológica. La historia, como las infecciones, no se repite... pero sí rima. Y a veces lo hace con fiebre, tos y una desagradable sensación de déjà vu.

¿La peste ha vuelto? Sí. ¿Debemos preocuparnos? Solo si creemos que el progreso nos blindó para siempre.

Y eso, ya sabemos, es la mentira favorita del pasado.

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