Los astrónomos detectan un posible 'visitante interestelar' que viaja a través del sistema solar hacia la Tierra

Hay visitas que uno puede anticipar: la suegra, los cobradores, o ese amigo que siempre olvida las llaves en tu casa. Y luego están los otros visitantes, aquellos que cruzan el umbral de lo imposible, como A11pl3Z, el objeto espacial que ahora irrumpe en nuestro vecindario cósmico a la velocidad vertiginosa de 152,000 millas por hora. Un cuerpo celeste que, al igual que esos desconocidos que tocan la puerta a la hora de la siesta, llega sin aviso... y sin intención de quedarse.
Descubierto entre el 25 y el 29 de junio por el sistema ATLAS —una especie de centinela nocturno que, desde Hawái y Sudáfrica, rastrea el cielo en busca de intrusos celestiales—, este potencial tercer “forastero interestelar” se aproxima desde la dirección de la barra central de la Vía Láctea. Como quien surge de un bullicioso bar galáctico, tambaleándose entre estrellas y polvo cósmico.
Dicen los expertos que su procedencia está más allá del alcance gravitacional del Sol. Dicho de otro modo, A11pl3Z no está atado al drama familiar de los planetas que giran alrededor del astro rey. No. Este objeto viene de un lugar tan remoto que, si tuviera pasaporte, su lugar de nacimiento sería simplemente “Desconocido”.
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Por ahora, su apodo críptico —A11pl3Z, que más parece la contraseña Wi-Fi de un vecino paranoico— esconde lo que podría ser un cometa o un asteroide, con un tamaño equivalente a una pequeña ciudad. Los científicos aún no lo tienen claro, aunque una cosa es segura: no viene en son de paz ni de guerra. Solo atraviesa, indiferente como un gato que cruza la calle sin mirar los autos.
Claro, la historia se repite. Antes de este visitante fugaz, dos objetos similares nos sorprendieron: el enigmático 'Oumuamua, con su silueta alargada como un puro cósmico mal apagado, que en 2017 despertó las más delirantes teorías sobre sondas alienígenas; y el cometa Borisov, que en 2019 confirmó que, en efecto, el cosmos tiene su cuota de vagabundos errantes.
Pero hay una ironía exquisita en todo esto: los científicos sospechan que estos encuentros no son tan raros como creemos. Más bien, somos nosotros quienes vamos por la vida cósmica como un turista miope, ignorando la mayoría de los forasteros que cruzan nuestras fronteras planetarias. La diferencia, esta vez, es que nuestros ojos electrónicos son más agudos. La inminente entrada en funcionamiento del Observatorio Vera C. Rubin promete imágenes detalladas de A11pl3Z, mientras que algunos astrónomos sugieren incluso que los rovers de Marte lo fotografíen cuando pase cerca del planeta rojo. Porque claro, ya que tenemos robots en otro mundo, ¿por qué no usarlos como paparazzi interplanetarios?
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¿Y si todo esto no bastara para encender las brasas del misterio? Avi Loeb —el hombre que convirtió a 'Oumuamua en candidato a nave alienígena— ya propuso que el telescopio James Webb investigue si A11pl3Z muestra signos de “aceleración no gravitacional”. Dicho en términos menos técnicos: si se mueve como si alguien estuviera al volante.
¿Será este visitante otro simple trozo de roca con ínfulas de estrella fugaz? ¿O acaso, como una botella arrojada al mar del espacio, contiene un mensaje de civilizaciones que ni siquiera podemos imaginar?
Por lo pronto, el objeto pasará cerca de Marte el 3 de octubre y alcanzará su punto más cercano al Sol el 23 de ese mes. Luego, como todo buen viajero errante, se perderá en la oscuridad, dejándonos con más preguntas que respuestas.
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Y así, mientras los telescopios se afinan y los científicos debaten, nosotros seguimos aquí: habitantes de un pequeño planeta azul, observando cómo el universo, con su humor ácido y sus caprichos impredecibles, nos recuerda que no somos el centro de nada. Apenas el escenario secundario de una comedia cósmica que nunca deja de sorprendernos.
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