¿Puede una nave volar dentro de Júpiter?

Explorar Júpiter suena épico, hasta que recuerdas que su interior puede aplastar, fundir y evaporar cualquier intento de viaje heroico.
Puede una nave volar dentro de Júpiter

La ciencia tiene una cualidad admirable: insiste. Incluso cuando la respuesta parece ser un "no" rotundo envuelto en millones de atmósferas de presión y temperaturas dignas del infierno, ella lo vuelve a preguntar. ¿Podría una nave espacial atravesar Júpiter? Técnicamente, claro, cualquier cosa puede caer. Otra cosa es salir viva.

NASA ya lo ha intentado, no por capricho sino por método. Tres naves han tenido el dudoso honor de ser sacrificadas en las fauces de gigantes gaseosos: Galileo y Cassini, por ejemplo, culminaron sus misiones hundiéndose con nobleza —y sin retorno— en las atmósferas de Júpiter y Saturno. Galileo, incluso, llegó con compañía: una pequeña sonda que descendió 150 kilómetros en la atmósfera joviana antes de que el silencio absoluto lo envolviera todo.

Ahora bien, ¿podríamos algún día enviar una nave más abajo, hasta el mismo corazón nebuloso de Júpiter? La pregunta tiene algo de cuento de hadas tecnocientífico: suena posible, pero el final es siempre trágico.

Leigh Fletcher, profesor de ciencias planetarias, corta la ilusión como quien pincha un globo con bisturí: "No". Y no por falta de tecnología o voluntad, sino por algo más sencillo y brutal: las leyes de la física. Entrar a un planeta como Júpiter es como intentar bucear en un océano hecho de acero líquido, con una temperatura similar a la superficie del Sol y una presión que hace que el fondo de la Fosa de las Marianas parezca una bañera tibia.

¿Te cuesta imaginarlo? A 11 km de profundidad en nuestro océano más hondo, hay poco más de 1.000 bares de presión. En el centro de Júpiter, hablamos de megabares, un millón de veces más. A eso súmale temperaturas que superan los tens de miles de grados Celsius, y obtienes un cóctel cósmico donde lo único que puede sobrevivir es la metáfora.

Una nave que se atreviera a ese descenso iniciaría su viaje con cierta dignidad: atravesaría nubes de amoníaco, se deslizaría entre cielos azulados y tormentas que harían palidecer a los huracanes terrestres. Pero luego, conforme descendiera, el espectáculo se volvería dantesco: truenos como cañonazos, cúmulos de sulfuro y una atmósfera que, de tan caliente, empezaría a brillar por sí sola. Todo esto antes de llegar al llamado "núcleo difuso", una mezcla caótica de nitrógeno, hierro y misterio.

Allí, en lo más profundo del titán gaseoso, la nave —por muy blindada, por muy futurista, por muy bullet-shaped que sea— no sería ni aplastada ni derretida. Sería desintegrada hasta sus átomos. Y aún así, hay algo extrañamente poético en eso.

Como dice el propio Fletcher, nada de lo que entra en un planeta gigante se pierde del todo. Los restos de Galileo, de Cassini, de cada tornillo, chip y partícula que alguna vez soñó con explorar lo inexplorable, siguen ahí. Disueltos, fundidos, invisibles. Pero presentes. Formando parte del planeta. Como lágrimas en la lluvia, pero con más hidrógeno metálico.

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